16 junio 2022

Traje a la española: 2. Los chapines

 

El traje a la española (salvando la inexactitud del nombre) que se configuró como modelo desde las últimas décadas del siglo XV se caracterizó por la silueta cónica formada por el verdugado, por el pelo recogido mediante el tranzado y por un curioso calzado que parece anteceder directamente a los zuecos o los zapatos de plataforma que conocemos como high heeled clogs.

Chapines en el Trachtenbuch de Christoph Weiditz (1530-40)

Los chapines o chopines fueron un tipo de calzado femenino abierto, sin punta ni talón. Se sujetaban al pie con una tira o dos piezas de tela o piel (llamadas orejas) unidas con lazadas, pero su principal característica era la gruesa suela de madera o corcho, que iba forrada en terciopelo o cordobán repujado o dorado con decoración de motivos vegetales o geométricos.

Chapines de piel pintada, 21 cm de altura (1540, Kunsthistorische Museum, Viena)

El conjunto se decoraba con virillas, finas tiras de metal o tela cosida que se adornaban con piedras preciosas, perlas o hilos de oro y plata. Era, sin duda, un calzado de lujo.

Detalle de La decapitación de San Juan Bautista, Juan de Segovia (1490, Museo del Prado)

Detalle de La curación del ciego Bartimeo, atribuido a Fernando Gallego (1480-88, University of Arizona Museum of Art)

Su origen se documenta en las cortes hispanas y se le atribuye origen romano (los famosos coturnos de suela de corcho para las representaciones teatrales) o andalusí (de donde procede su denominación como alcorques), en ambos casos en relación con su uso en los baños para aislar los pies del agua.


Escena de Hammam (bath house) del Manuscripto Zanan-nameh, Fazil-Yildiz (1780-90, Collection of the University of Istanbul)


Chapines italianos de piel y seda (1600, Met Museum)


Algunos autores como M. Schapiro han propuesto un origen más antiguo. Como se puede apreciar en esta ilustración del Beato de Liébana, el músico y el danzante que aparecen al final de la Storia quattuor animalia del Libro 3 calzan lo que parecen unos chapines, si bien también podría tratarse de la representación gráfica del movimiento de los pies. Quién sabe. Yo lo pongo aquí por las dudas.

Beatus of Liébana, Commentary on the Apocalypse (The 'Silos Apocalypse'). 1091-1109, British Library


Su fabricación estaba regularizada y los chapineros eran especialistas que se organizaban en gremios, como atestiguan por ejemplo las Ordenanzas de chapineros de Sevilla. Valencia fue otro centro productor y de exportación, destacando su importante gremio de tapiners. Si alguna vez vas paseando por Valencia y te encuentras de pronto en la calle Tapinería, pues ahí es donde tenían sus talleres.

Una de sus funciones era prolongar la estatura como lo hacen hoy los zapatos de tacón o de plataforma. Otro uso posible era el de proteger las faldas de la suciedad del suelo cuando se caminaba por la calle. Aunque normalmente permanecían ocultos bajo la falda, en algunas ilustraciones de época se pueden ver en todo su esplendor.  

Chapines en el Códice de Trajes (1550, Biblioteca Nacional)

Los chapines se llevaban en el pie ya calzado en otro tipo de zapato fino y flexible como los borceguíes, botines de origen morisco hechos de piel; los escarpines o las servillas. Más que un zapato, el chapín era un complemento al calzado que revestía prestigio y dignidad. De hecho, no siempre tenían por qué ajustarse a la talla del pie; en esta ilustración podemos ver a una señorita pamplonica que lleva los deditos al aire y no pasa nada. Es la moda, baby.

La demoiselle de Pampelune, Roger de Gaignières (1572, Bibliothèque Nationale)

Se supone que los chapines provocaban una característica forma de andar con pasos cortos, una de tantas modas totalmente absurdas y anti-ergonómicas que se inventa la gente rica, como los tacones de aguja o los náuticos sin calcetines. Desde el siglo XV eran llevados tanto por hombres como por mujeres, aunque durante el siglo XVII se asoció su uso a las mujeres casadas.

Ensemble de gravures de costumes espagnols du XVIe siècle, Roger de Gaignières (Hacia 1600,Bibliothèque Nationale)

En su obra El perro del hortelano (1618), Lope de Vega los menciona en estos versos sobre la vanidad del adorno personal:

«No la imagines vestida

con tan linda proporción

de cintura, en el balcón

de unos chapines subida.

Toda es vana arquitectura;

porque dijo un sabio un día

que a los sastres se debía

la mitad de la hermosura».


Mujer sentada, Jan Cornelisz Vermeyen (1545, Rijksmuseum, Amsterdam)

También el moralista Hernando de Talavera se ocupó de criticar su uso en su Tratado sobre la demasía en el vestir, calzar y comer (1477), por cometerse con ellos sendos pecados de soberbia y de mentira al ir las señoras vacilando al personal («¡ja, mira, te saco dos cabezas!») y también por engañar sobre su estatura, ya que Dios había querido que fueran más bajas que los hombres, o al menos eso aseguraba él, y quiénes eran ellas para llevar la contraria a un señor tan importante.

Santa Elena buscando la Cruz, Pedro Berruguete (1470, Museo de la parroquia de Santa Eulalia, Paredes de Nava)

Fun fact: en el hueco de una escalera en la Torre de la Vela de la Alhambra se encontraron fragmentos de este calzado revueltos junto con escombros. Su reconstrucción reveló que estaban hechos de corcho y caña, permitiendo obtener mucha información sobre su construcción y materiales. En general, se dedujo que tenían cuatro partes: plantilla, cerco y dos orejas, que irían entreteladas y forradas, con ojetes para los cordones. En el Museo de la Alhambra se conservan ejemplos de distintas formas y épocas.

Chapín mudéjar de cuero repujado y dorado, 11 cm de altura (1502-1609, Museo de la Alhambra, Granada)

En otras instituciones españolas también se conservan ejemplos de chapines. Por ejemplo, en el Museu Diocesà i Comarcal de Solsona, en Lleida. Estos están hechos de corcho y cuero con decoración de motivos vegetales gofrados en oro, y uno además conserva un recubrimiento de plomo. 

MDCS 2829 y MDCS 2830 (Finales del siglo XVI)

También en el Museu del Disseny de Barcelona hay algunos ejemplares:

Tapí de cuero, corcho y seda (MTIB 88430, último cuarto del siglo XVI)

Los chapines alcanzaron una gran difusión en Europa, especialmente en Venecia, donde se convirtieron en una parte esencial de la indumentaria (se justifica con que las calles estaban siempre encharcadas y las señoras querían proteger los bajos de sus valiosos vestidos, pero no sé yo teniendo en cuenta que los chapines eran igual de caros o más), llegando a pensarse que habían sido inventados allí.

Retrato de mujer como Cleopatra, Anónimo italiano (1550-99, Walters Art Museum, Baltimore)

En este grabado móvil se puede ver la ropa interior de una mujer veneciana, que bajo la falda lleva enaguas y unos altísimos chapines. Sí, yo también he flipado con este formato de p0rno renacentista. Al parecer, se convirtieron en un calzado habitual entre las prostitutas, cuya indumentaria imitaba la de las damas pudientes, haciendo que fuera difícil reconocerlas por las calles.

Venetian Woman with Moveable Skirt, Ferrando Bertelli (1563, Met Museum)

Chapines venecianos conocidos como calcagnetti en el Museo Correr (Siglos XV-XVI, Venecia) (https://veneziaeilveneto.com/2020/02/16/tacos-altos-en-la-venecia-del-siglo-xv/)

En Venecia a finales del siglo XVII pasaron de los andamios como los de arriba a un modelo mucho más refinado y con gusto francés, que desplaza el punto de apoyo hacia delante dejando el talón al aire a la vez que inclina ligeramente la suela hacia delante.

Chapines italianos (1550-1650, Met Museum)

En los reinos hispanos su uso convivió con el zapato de puntera cuadrada característico del Renacimiento, y posteriormente con las zapatillas con tacón, hasta que se abandonó totalmente su uso con la llegada de la moda francesa hacia el último tercio del siglo XVII.

Como apunte final, la reinvención y el uso de zapatos de tacón y plataforma en este siglo nos ha dejado grandes y dignos sucesores del chapín renacentista:


Giuseppe Zanotti (Spring 2012)

Lady Bloom, Noritaka Tatehana (2013, Met Museum)

Fuentes:

Bárbara Rosillo. La moda en la sociedad sevillana del siglo XVIII. 2018.

El chapín y otros zapatos afines. En: MATILDA ANDERSON, Ruth. Granada: Patronato de la Alhambra y Generalife, 1969. 5. Traducción en inglés: The chopine and related shoes. Pp. 33-41.

M. Camarena Gual. Concordia entre los gremios de zapateros y chapineros de Valencia (1486), Saitabi, nº 9, pp. 39-42, 1953.

P. Marinetto Sánchez. El calzado en el Siglo de Oro, en “La Moda Española en el Siglo de Oro”, 2015.

http://sunimocholirosello.blogspot.com/2015/01/

https://www.moleiro.com/es/beato-de-liebana/beato-de-silos-beato-de-liebana/miniatura/4fcdcf5f2c9b7

https://bestveniceguides.it/en/2018/03/02/venice-a-pioneer-in-wedges/


13 junio 2022

Traje a la española: 1. El verdugado

El traje a la española del siglo XVI fue el modelo más popularizado e imitado durante todo el siglo e incluso después. La dignidad y el prestigio que conllevaba vestirse como lo hacían en la corte hispana implicaba el uso de tres elementos fundamentales: el verdugado para dar forma a la silueta (junto con el cartón de pecho), los chapines y el tranzado


Este post se centra en la principal innovación en la silueta femenina en la transición a la Edad Moderna y la cultura renacentista, el verdugado, origen de los ahuecadores de falda que se fueron desarrollando en siglos posteriores. 


A finales del siglo XV, la indumentaria medieval a base de telas amplias basada en la costumbre romana fue paulatinamente transformada y sustituida por diversas innovaciones más o menos originales. Entre ellas destaca el verdugado, que era un conjunto de aros de madera, rígido pero flexible, que iba forrado de tela y cosido a las faldetas o las sayas para formar un cono o una campana desde la cintura hasta los pies. Su nombre parece proceder de una alusión a las ramas verdes utilizadas para fabricarlos (verde>verdugo). 

Posteriormente se sustituyeron los aros de madera por otros hechos de tela, que eran más flexibles y menos pesados para dar volumen la falda sin la rigidez de los verdugos originales. Iban cosidos en el exterior, por lo que eran visibles, formando parte de la decoración.


Trachtenbuch, Ain spanischer schurtz (Un verdugado español), Christoph Weiditz (1530-40,Germanisches Nationalmuseum Nürnberg)

Patrón de un Verdugado de seda para mujer, detalle del Libro de Geometría y Traza, Juan de Alcega (1580, Biblioteca Nacional)

Una de las representaciones más tempranas del verdugado se encuentra en tres de las escenas del Retablo de San Juan, obra de Pedro García de Benabarre y datada entre 1473 y 1482, que se conservan en el Museu Nacional d'Art de Catalunya y el Museu de Lleida. 


Su invención se atribuye de forma casi legendaria a la reina Isabel de Portugal, que supuestamente intentó ocultar un embarazo con este artilugio, creando sin pretenderlo una tendencia en la corte que perduraría muchísimos años. Carmen Bernis recoge este origen en su obra Los trajes y modas en la España de los Reyes Católicos (1978). Sin embargo, no parece muy plausible que esta silueta en concreto fuera muy útil en estos casos.

El uso del verdugado fue criticado por moralistas católicos como Hernando de Talavera, confesor de la reina Isabel de Castilla. Porque siempre ha habido señores que un día se levantan y dicen «voy a decirle a las mujeres lo que tienen que hacer y lo que no, por su propio bien y el de sus almas, claro».

Este señor se dedicó a escribir un montón de consejos no solicitados en su obra Tractado sobre la demasía en el vestir, calçar y comer (1477) en el cual además culpaba de males como la sequía a las relajadas costumbres cortesanas. Por ejemplo, elaboró una lista de 12 razones por las que el verdugado era malísimo, entre otras:

- Llevar tanta ropa sobre el vientre da calor y eso hace que las mujeres vayan cachondas y sean propensas a la lujuria (recomendable llevar encima planchas de plomo para enfriar el asunto)

- Sirve para ocultar embarazos (a la adúltera hay que poder acusarla con facilidad y si lo esconde, pues no se puede)

- Al ir tan suelto, se ven las piernas y los pies (algo muy erótico)

-«Hábito de gran ficción y muy mentiroso, que la que es flaca y descaderada, seca e mucho delgada, haga caderas y cuerpo de trapo e lana» (porque entonces el canon de belleza era estar hermosa aka tener buenas mollas)

A pesar de todo, la propia reina usó este tipo de trajes con frecuencia, como se ha documentado en algunos inventarios y libros de cuentas, porque «antes muerta que sencilla y total, para Católica, yo».

Muy pronto el verdugado se impuso en la indumentaria femenina fuera del ámbito cortesano, siempre entre las mujeres nobles y burguesas, aunque pasó a situarse en la faldeta interior, que quedaba parcialmente oculta por el brial o sobrevestido.


Detalle de La decapitación de San Juan Bautista, Maestro de Miraflores (1490, Museo del Prado)


En El cancionero de Pedro Marcuello, datado en 1495 y conservado en el Musée Condé de Chantilly (Francia), aparecen en varias ocasiones algunas damas vestidas con trajes que llevan cosidos verdugos en la faldeta interior, que va bajo el brial. Se trata de vestidos talares (que caen desde los hombros hasta los pies), con escote cuadrado y con mangas abiertas que dejan ver las mangas de la camisa. 

A veces podría tratarse de imitaciones de verdugos en forma de cintas cosidas como adorno, como puede ser el caso de la tercera imagen, ya que estas faldas no presentan la misma rigidez que la otras.


Queda de manifiesto que la saya verdugada era una indumentaria de aparato propia del ámbito cortesano, es decir, que era representativa de las mujeres más poderosas y ricas, y ni siquiera ellas la vestían todo el tiempo.


En el siglo XVI se crearon en el ámbito alemán algunas compilaciones de trajes y costumbres de los distintos reinos europeos que se hicieron muy populares, donde se documentan también algunos ejemplos de los verdugados que llevaban las damas españolas en la época.

Códice de trajes. Der Spanichs Dantz (Baile español), Anónimo (Mediados del siglo XVI, Biblioteca Nacional)

Códice de trajes. In Spania die Burgerin (Las mujeres de la clase media en España), Anónimo (Mediados del siglo XVI, Biblioteca Nacional)

Entrado el siglo XVI, el verdugado ya se queda como una prenda interior que queda bajo la saya o la falda, aunque todavía se enseña por su valor decorativo y prestigio. Como se aprecia en las ilustraciones del Códice de trajes, el uso del verdugado estuvo complementado con los chapines, un tipo de calzado femenino con una gruesa suela que a modo de zueco.


Detalle de Il Libro del Sarto, Anónimo (1580)

Peregrinación de los archiduques a Laeken, Hans van der Becken (1601, Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid)

El traje podía estar compuesto por una única pieza llamada saya entera o bien dividida en dos piezas, el jubón y la basquiña. En cualquier caso, el armazón de verdugos se complementaba con el cartón de pecho, una prenda interior que aplanaba el busto para crear la silueta de reloj de arena. El escote podía ser cuadrado y amplio, a la manera francesa e italiana; o bien alto con cuello a la caja, como se impuso en la corte de Felipe II.


El verdugado llegó a ser importado por otras cortes europeas, siendo un elemento fundamental en el ceremonial de la moda de los Tudor. Fue introducido en Inglaterra por Catalina de Aragón, primera esposa del rey Enrique VIII, y se consolidó como elemento fundamental de la moda isabelina. Este tipo de vestido con el frontal abierto en forma de V invertida con tejidos contrastados también se conoce como saya saboyana.


Isabel I de princesa, William Scrotts (1546, Colección Real, Castillo de Windsor)


Por eso en la historiografía anglosajona el verdugado se conoce como spanish farthingale (del francés temprano verdugale vardingale, adoptado del español) ya que sus primeros ejemplos se encuentran documentados en la península ibérica. 

En Francia fue transformado en el french farthingale al aumentar el volumen en las caderas mediante un aro paralelo al suelo del cual caían el resto de aros, todos del mismo tamaño; o bien un rollo suspendido; formando una especie de mesa camilla en torno al cuerpo.

Baile en la corte de Enrique III, Anónimo (1582, Museo del Louvre)

Este nuevo artefacto se impuso en la corte inglesa, como se aprecia en la mayoría de los retratos de madurez de la reina Isabel I. 

La reina Isabel I,  Marcus Gheeraerts el Joven (1592, National Portrait Gallery)

El verdugado francés o de rueda se fue imponiendo y acabó formando parte de los trajes utilizados por las mujeres de la realeza europea a finales del siglo XVI y principios del XVII.

Ana de Austria, reina de Francia, Frans Pourbus el Joven (1616, Galeria Nacional de Arte de Karlsruhe)

Ana de Austria con el traje de su coronación, Peter Paul Rubens (1622-25, Museo Norton Simon)

Sin embargo, la silueta del verdugado mantuvo su prestigio en las cortes ibéricas, hasta el punto de que estuvo vigente frente a las variaciones extranjeras durante el reinado de los Austrias y hasta su desplazamiento por el guardainfante ya a mediados del siglo XVII; primero con la rigidez geométrica propia, y luego con una silueta más acampanada que incorpora mayor volumen en las caderas por influencia francesa.

La infanta María de Austria, futura reina de Hungría, Rodrigo de Villalpando (1622, Museo del Prado)

María de Austria, reina de Hungría, Frans Lyucks (1635, Museo del Prado)



Fuentes:

José S. Uceda López. Fray Hernando de Talavera y "El libro del vestir...", Alcalibe, nº 3, pp. 259-268, 2003.

http://www.elizabethancostume.net/farthingale/

https://historiadeltraje.com/tag/verdugado/

http://aulamedievalindumentaria.blogspot.com/

http://historiadeltraje.blogspot.com/search/label/15.%20Renacimiento%3A%20particularidades%20del%20traje%20espa%C3%B1ol

10 junio 2022

La moda más chula: majas y madroños

 

La situación en la corte española durante el cambio del siglo XVIII al XIX se caracterizó por un fenómeno de la idiosincrasia española: el majismo, la afición de la aristocracia por imitar en su indumentaria a las clases populares de Madrid. 

Esta dinámica, “plebeyismo” como lo definió Ortega y Gasset, surgió como reacción casticista cuando el modelo de vestido a la española dejó de tener relevancia frente a la moda francesa surgida de la Revolución y popularizada por la nueva corte napoleónica, que cada vez tenía más prestigio conforme aumentaba su poder político. Así, el majismo se convirtió en una moda estética, pero también en la herramienta de resistencia de una aristocracia castiza que veía amenazada su identidad y su modo de vida.

La gallina ciega, Francisco de Goya (1789, Museo del Prado)

En general, las majas y los majos de Madrid eran los habitantes de determinados barrios humildes como Lavapiés, Barquillo, Maravillas y parte de San Francisco, que durante el siglo XVIII adoptaron una vestimenta característica basada en el traje a la española, puesto que la nueva moda francesa no era accesible a las clases populares. Así, la gente tendía a imitar las referencias más cercanas que tenía: la ropa suntuaria de la corte borbónica.

Sin embargo, este segmento de la población no solo se distinguía por su indumentaria, también por la actitud irreverente, que además se consideraba bravuconería en el caso de los hombres y descaro en el de las mujeres. En todo caso, se asociaba a un modo de vida sórdido y alejado de la moral, vamos, gente chunga.

Tipos y modas de Madrid en 1801. A los toros, Antonio Rodríguez

Colección de Trajes de España tanto antiguos como modernos que comprehende todos los de sus dominios. Maja, elegante (1777, Manuel de la Cruz y Juan de la Cruz)

Majas peleando, un majo las observa, Francisco de Goya (1796-1797, Hispanic Society)

Tara Zanardi ha comentado la contradicción que supone que la aristocracia deseara imitar a las clases bajas. Estas eran símbolo a la vez de la esencia nacional y de marginalidad social o abyección, como comenta Rebecca Haidt, lo que permitía a la aristocracia instrumentalizar su estética para acercarse al pueblo y forjar una nueva identidad homogénea frente al extranjero o afrancesado como enemigo común. 

Además, esta indumentaria habría permitido subvertir ciertos roles de género al dar cabida en la moral católica y cortesana a la estereotipada actitud libertina de las majas, elevando el traje a instrumento político.

Por ello, Amelia Leira comenta que es frecuente encontrar prendas y adornos castizos incorporados a los trajes de moda francesa de estilo imperio, sobre todo en la indumentaria de aristócratas y miembros de las clases altas. Algunos ejemplos se aprecian en cuadros de Goya, que será el principal encargado de reflejar este fenómeno en óleo sobre lienzo:


Duquesa de Alba, Francisco de Goya (1797, Hispanic Society)

Retrato de Isabel Porcel, Francisco de Goya (1805, National Gallery de Londres)

El níveo vestido imperio francés, de caída lánguida, tela vaporosa y talle alto se interpreta aquí en tejidos oscuros y añadiendo encajes voluminosos o madroñeras, además del pañuelo de hombros y la mantilla como toque de modestia católica.

La propia reina María Luisa de Parma nos enseña la radical transición del traje de corte francés a la moda del majismo en cuestión de 35 años:

María Luisa de Parma, Anton Raphael Mengs (1765, Museo del Prado)
La reina María Luisa con mantilla, Agustín Esteve y Marqués, copia de Goya (1799-1800, Museo del Prado, original en Palacio Real)

En este sentido, las mujeres fueron el núcleo del majismo, ya que el cuerpo femenino se convirtió en un espacio simbólico donde se diseñó una unidad nacional, como se aprecia en los retratos de majas por excelencia: Maja Desnuda (1795) y Maja Vestida (1800-1807). Por algo las alegorías siempre tienen nombre de mujer.

Prado Museum, Madrid, Spain. 1995. © Elliott Erwitt | Magnum Photos

A su vez, el majismo fue interpretado por miembros de la aristocracia pobre y la clase media burguesa, que fueron llamados petimetres o currutacos debido a la pose estética y la actitud impostada que adoptaban. Sí, algunos señores también sufrían para presumir.


El elegante Petrimetre o el Lechuguino en su Tocador

La exaltación de lo español (en su versión masculina: el macho ibérico de toda la vida) provocó que la figura del majo fuera el epítome del orgullo popular y que el tipo del petimetre (lo que en los años 2000 se denominaba metrosexual), por ser afeminado y con influencias afrancesadas, tuviera connotaciones peyorativas.

Colección General de los trages que en la actualidad se usan en España principada en el año 1801 en Madrid.Currutaco y Petimetra, Antonio Rodríguez

A esto se suma la influencia de la escuela bolera, un género escenográfico que bebía de la danza clásica, la cortesana y la popular para crear una expresión tan característica que llegó a ser asimilada como danza nacional a lo largo del siglo XIX. Su estética fue clave en la consolidación del estereotipo por antonomasia de los majos y las majas. 

Tipos y modas de Madrid en 1801.Bolera del teatro y Bolero del teatro, Antonio Rodríguez

La bailaora Josefa Vargas, Esquivel (1850, Fundación Casa de Alba)

El traje de majo se componía de chaquetilla corta y entallada con pequeñas solapas, chaleco corto y calzón. El marsellés era de influencia francesa, de paño, sin cuello ni solapas; mientras que la jaqueta era más corta, normalmente de seda, con pequeñas solapas y cuello de tirilla.

Jaqueta y marsellés. Museo del Traje-CIPE

La camisa se ceñía con una faja de colores y se llevaba un pañuelo al cuello en lugar de corbatín. El pelo también se recogía en una cofia y para cubrirse se utilizaba el chambergo, la montera o el catite (cualquier cosa menos el bicornio o el tricornio francés), y la capa larga que con Carlos III llegó a ser regulada e incluso prohibida en 1766, lo que influyó en el famoso motín de Esquilache.

Majo, José Domínguez Bécquer (1836, Museo del Prado)

El traje de majo es el precedente inmediato al traje de luces, puesto que los primeros toreros famosos eran precisamente este tipo de chulos, que fueron adaptando el traje a su oficio. Por ello a menudo aparecen ataviados con prendas propias de la ganadería, como los zahones.

Producción propia. Museo del Traje-CIPE

Por su parte, el traje de maja constaba de un jubón con solapas ajustado al talle, sin ballenas y de mangas ceñidas que se cubría con una chaquetilla. La falda se denominaba guardapiés si era de algodón y brial si era de seda. Para salir a la calle se cubría con una basquiña negra y se usaba sobre la cabeza una mantilla que podía ser blanca o negra. Se echaba un pañuelo o chal sobre los hombros y el pelo iba recogido en una cofia con cintas y madroños.

Ejemplos de basquiñas con madroñera superpuesta y jubón corto y ajustado

Maja sevillana y Majo sevillano, Manuel Cabral Aguado Bejarano (1850, Museo Carmen Thyssen Málaga)

Ya a mediados del siglo XIX el majismo asimila la estética de la moda romántica, como se aprecia en la pareja de cuadros de Bejarano: la falda se vuelve amplia y el talle baja a la cintura. El nuevo vestido femenino ya no es majo sino goyesco, puesto que con el tiempo se ha transformado en un estereotipo popular manteniendo elementos distintivos como los madroños y la mantilla.

En el caso de los vestidos de clase alta, los materiales eran mucho más ricos y lujosos, con profusión de adornos de borlas, madroños, pasamanería y alamares. Además, mientras que las majas madrileñas no usarían ahuecadores de faldas en su vida cotidiana, en ocasiones se incorporó el uso del miriñaque para adaptarlo a la última moda, como se aprecia en los trajes de maja infantiles que fueron ofrecidos a la infanta Isabel de Borbón “La Chata” en sus visitas a distintas ciudades como Valencia, Sevilla o Andújar (sí, eso fue una moda) y que se conservan en el Museo del Traje-CIPE.

Museo del Traje-CIPE

Esta tendencia llegó hasta el punto de estandarizarse en lo que se denominó como el «traje nacional». Se fue popularizando y extendiendo a otras regiones de España, especialmente al sur de la meseta, donde los tipos de majo y maja fueron asimilados al bandolerismo, a Andalucía y la cultura gitana. 


Retrato de la marquesa del Llano, Anton Raphael Mengs (1770, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando)

Como en el caso de los trajes de La Chata (y de María Antonieta), las clases altas gustaban de disfrazarse de lo que no eran, es decir, de pobres. Era una cosa muy patriótica.

Sin embargo, Irene Seco apunta que el traje de majo pronto quedó relegado a ser un símbolo del paradigma que pretendía identificar lo español con el majismo y establecer esta estética como parte de los valores tradicionales.

Esta moda castiza fue muy llamativa para los viajeros extranjeros como Ford o Townsend, que encontraban a las majas especialmente seductoras y atractivas, y que contribuyeron a crear un estereotipo que asimilaba el majismo con otros elementos populares como las corridas de toros, la zarzuela o los bailes de boleros y fandangos, en contraposición con las costumbres refinadas importadas desde la corte francesa con la llegada a Madrid de los Borbones.

Bibliografía

Amelia Leira Sánchez, El vestido en tiempos de Goya. “Anales del Museo Nacional de Antropología”. 4, pp. 157-187, 1997.

Amelia Leira, La moda en España durante el siglo XVIII. "Indumenta", nº 0, 2007.

Irene Seco, La indumentaria tradicional española. Del majismo al traje regional. "Fiesta y color. La mirada etnográfica de Sorolla", 2013.

Pablo Pena, Dandismo y juventud. "REIS", nº 98, 2002.

Ramón de Mesonero Romanos, Tipos y caracteres: bocetos de cuadros de costumbres: (1843 a 1862), 1881.

Tara Zanardi, Framing Majismo. Art and Royal Identity in Eighteenth-Century Spain. Penn State University Press, 2016.

Sofía Rodríguez Bernis, Cuerpo, gesto y comportamiento en el siglo XVIII. "Espacio, Tiempo y Forma", Serie VII, Hª del Arte, t. 20-21, 2007-2008.