Esta primera publicación pretende introducir la nada aburrida historia del traje que conquistó Europa a través de la que con toda seguridad es la figura más manida de la historia de la moda. Aquí presento mi visión personal (una más, total) sobre la evolución del traje a la francesa de mano de la Archiduquesa, primero con una breve introducción, y luego… Bueno, el resto.
El robe à la française o traje a la francesa
era el modelo más difundido y sirvió de base para distintas variaciones
surgidas en diversos contextos dentro del estilo rococó predominante. Se basaba
en una silueta de cono invertido que modelaba el torso mediante la cotilla, una
prenda interior emballenada que se considera el precedente del corsé, pero
tenía más que ver con un bustier actual que con un corsé victoriano.
El punto más estrecho, que se encontraba a la altura
de la cintura, era radicalmente contrastado con unas caderas realzadas
visualmente mediante ahuecadores como el panier o el tontillo, que daban
un gran volumen a la falda. Estos trajes de dos piezas se confeccionaban en
telas ricas como la seda o el algodón (que era un producto de lujo importado
hasta que se popularizó con la industria inglesa), normalmente estampadas en
colores vivos. Se complementaba con pelucas empolvadas, fichús (telas finas y
vaporosas para colocar sobre el escote) y con encajes para mangas y volantes.
En general, eran trajes recargados que mantenían la modestia del traje poniendo
el énfasis en el ornamento.
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| Madame de Pompadour, François Boucher (1756, Alte Pinakothek, Munich) |
Este traje rococó fue adoptando influencias del
traje inglés, que era básicamente el mismo pero que había ido evolucionando
hacia una mayor sobriedad y simplicidad. Este giro de tornas en la dirección de
la influencia estética tenía una base económica: mientras la monarquía
borbónica fue la principal potencia se imponía la moda versallesca, pero tras
la Revolución y con la creciente importancia económica del imperio inglés (aka
explotación salvaje de la producción textil en sus colonias) el foco emisor de
modas se fue desplazando por el mapa europeo.
Para explicar este proceso podemos fijarnos en la
que quizá sea la cara más conocida de todo Versalles: la reina María Antonieta.
No, esa no. Esa es Kisten Dunst.
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| Achiduchess Maria Antonia of Austria, Martin van Meytens the Younger (1767, Palacio de Schönbrunn) |
Esta es María Antonieta. No tiene mucho que ver,
¿no? Aquí es donde vuelvo a decir que la cultura audiovisual tiene una gran
responsabilidad a la hora de hacer productos que se fijan en el imaginario
colectivo, y que la divulgación tiene que ser siempre científica. Bueno, esto
seguro que ya está claro.
En este retrato, la futura reina tenía unos 12 años.
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| La archiduquesa María Antonieta, futura reina de Francia, a los 7 años, Jean-Étienne Liotard (1762, Museo de Arte e Historia de Génova) |
En este otro, unos 7 años. En ambos parece una mujer adulta, si bien en el anterior se la representa más regia y coqueta, mientras que en este parece más recatada y hacendosa (nótese cómo sujeta una lanzadera de hacer encajes o frivolités, es decir, que es reina pero antes es mujer, una mujer de su casa, o al menos se está preparando para serlo).
No hay que olvidar que esta niña vivió en una época donde la infancia no existía. Como solía ocurrir, desde su nacimiento estuvo sujeta a la voluntad familiar de casarla todo lo bien que pudieran, cosa que al final consiguieron cuando pasó a ser reina de Francia al casarse con el futuro Luis XVI a la edad de 15 años. Los matrimonios infantiles son una cosa que por desgracia todavía sigue ocurriendo.
La cuestión es que la forma en que la imagen de María Antonieta ha pasado a la posteridad refleja muy bien los cambios
que se van produciendo en la moda de su época, desde su presentación como
archiduquesa austríaca hasta reina hípster condenada a la guillotina.
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| Marie-Antoinette, reine de France. Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Le Brun (1778, Versalles) |
Por ejemplo, la reina en el retrato anterior viste
un auténtico vestido a la francesa: falda ahuecada con tontillo y adornada con
un montón de cintas y lazos, cuerpo emballenado de escote amplio con peto
decorado y peluca empolvada con tocado de plumas. Cuando la pintora de corte
Élisabeth Vigée-Le Brun pintó este cuadro en 1778, la reina llevaba apenas ocho
años en la corte francesa y había tenido que aferrarse a la tradición
versallesca para afianzar su posición con delfina y luego reina, siendo joven y
extranjera.
La misma Élisabeth Vigée-Le Brun se encargó de dejar
testimonio de cómo iba cambiando la reina de atuendo según maduraba y cambiaban
sus intereses (de esta tremenda pintora hablaremos otro día).
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| Marie Antoinette with the rose, Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Le Brun (1783, Versalles) |
En este otro retrato de 1783 ya se aprecia un traje
mucho más sencillo, con una falda ahuecada mediante superposición de enaguas
(es decir, sin armazones ni cosas raras) y un cuerpo mucho menos recargado. La
sencillez inglesa se aprecia también en la peluca: mientras que en el cuadro
anterior el peinado se confecciona mediante mechones estirados hacia arriba a
modo de columna jónica, aquí el cabello se recoge en la parte trasera de la
cabeza formando una especie de nube redonda a su alrededor, y los rizos caen
hacia la nuca, no la coronilla.
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| Marie Antoinette with a book, Élisabeth Vigée-Le Brun (1788, Versalles) |
Este otro cuadro, algo más tardío, muestra mejor el rumbo que seguiría esa simplificación del traje a la francesa: la falda ya no tiene más decoración que un par de bandas de piel en el bajo, igual que el cuerpo, en el que destacan las mangas largas y ceñidas con apenas unas puntillas de encaje en los puños.
Se trata de una adaptación del redingote
inglés, una prenda usada originariamente por los hombres para montar a caballo,
a lo que se conoció como robe redingote. El escote sigue siendo amplio,
pero ya se cubre con un fichú, un triángulo de muselina casi transparente
adoptado de la indumentaria cotidiana de las clases bajas que añade algo de
modestia al conjunto.
Sin embargo, ese mismo año la reina hizo algo que
cambiaría el curso de la moda definitivamente: salió a la calle en bragas.
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| Marie Antoinette en gaule, Élisabeth Vigée-Le Brun (1783, Met Museum) |
Bueno, no salió literalmente a la calle ni estaba
tal cual en bragas, pero para la moral de la época fue algo parecido, y es que
se atrevió a mostrar en público este cuadro, muy similar al anterior, donde
aparece vistiendo una camisa de vestir.
La camisa era una prenda interior que no se podía
mostrar en público, como mucho el borde del escote y las mangas, que estaban
adornados especialmente para mostrar la riqueza de la prenda pero sin
enseñarla. En plan mira, me puedo gastar las perras en bragas buenas, o
algo así. La camisa también servía para estar por casa, es decir, era lo que se
llevaba puesto por las mañanas entre que te servían el desayudo, te empolvaban
la peluca y te vestían para ir a misa o dar un paseo.
Esto es lo que lleva la reina en el cuadro. O sea,
que está en bragas. Y lo colgó en un sitio público, donde pudo verlo la gente,
mucha gente. Personas que se escandalizaron de verle las vergüenzas a la reina,
o se sintieron admirados por su atrevimiento, o un poco de cada. Ver a la reina
vestida como una lechera, en lugar de con todo el lujo y oropel que le
corresponde, fue visto casi como un insulto. Se dice que lo descolgó
rápidamente por el qué dirán, pero la imagen ya se había grabado a fuego en las
retinas de muchas damas que vieron en la camisa de la reina un campo abierto a
ser la siguiente en destacar en la corte, vamos, un gesto lleno de
posibilidades.
Además, la reina se puso en la cabeza un sombrero de
fibra vegetal (paja o mimbre) y aparece de nuevo elaborando ramilletes de
flores que ciñe con un lazo. A estas alturas, María Antonieta se había hartado
un poco de la opulencia y la rigidez ceremonial de la corte.
Inspirada por el pensamiento ilustrado se hizo
construir en el Pequeño Trianón el Hameau de la reine, una especie de
Marina D’Or Ciudad de Vacaciones rústico con sabor a parque temático aldeano.
Allí se retiraba para alejarse del mundanal ruido, estar en contacto con la
naturaleza y ver trabajar a los agricultores lejos de las intrigas cortesanas
disfrutando de lo verdaderamente importante: estar de chill en su
fantasía bucólica y no preocuparse por las críticas de la gente. Poniendo en
práctica el aforismo beatus ille.
Para estar todo el día tirada en el césped, ver representaciones teatrales y ponerse
como las Grecas la ropa cortesana era claramente un estorbo, así que comenzó a
vestir como ella pensaba que vestían las campesinas, adoptando una indumentaria
inspirada en las clases bajas pero sin dejar de lado su toque chic.
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| Rose Bertin, Jean-François Janinet (1790) |
La modista y sombrerera Rose Bertin fue la encargada
de dar forma a la chemise à la reine, la prenda interior que se vestía
por fuera que inspiraría durante la década de 1790 el famoso corte imperio, que
posteriormente aplicó a los vestidos que le encargó tras un breve exilio en
Londres otra gran figura política francesa: Josefina Bonaparte. Cabe
destacar que también fue la creadora de los pouf (en francés, cojín,
que era de lo que estaban rellenos), los tocados elaborados que cubren los
peinados creados por el peluquero Leonard en los retratos de la reina.
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| Tocados en Magasin des Modes Nouvelles Françaises et Anglaises (1786) |
Este tipo de vestido tenía además importantes
connotaciones políticas. Estaba hecho de muselina, un tejido fino y vaporoso
importado a través de las compañías inglesas que cada vez cobraba mayor
prestigio en detrimento de la costosa seda francesa, materia prima principal de
los robes à la française. El uso de materiales extranjeros en lugar de
la producción nacional fue visto casi como una traición en el contexto de la
Francia prerrevolucionaria.
Su modo de vida tampoco era bien visto, y no
precisamente por el lado del derroche y el lujo. Para la población francesa,
casi parecía recochineo que la reina se disfrazara de campesina y jugara a ser
pobre cuando había miles de ciudadanos muriendo literalmente de hambre debido a
las hambrunas y la escasez de alimentos. Ya que tenemos reina, debían
pensar, al menos que vista y se comporte como una.
Lo cierto es que la camisa de María Antonieta,
aunque nació siendo escandalosa e inmoral, se hizo tan famosa que todas las
aristócratas europeas tienen al menos un retrato vistiéndola, especialmente las
inglesas, que vieron de muy buen gusto eso de parecer una ninfa acuática y
también no tener que ir arrastrando por todas partes varios kilos de armazones y
telas pesadas. Esto es real, tengo cero pruebas y cero dudas. Algunos de mis
ejemplos favoritos:
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| Antoine Lavoisier y Marie Anne Lavoisier, Jacques Louis David (1788, Met Museum) |
Me gusta este cuadro porque la señora Lavoisier
tiene toda la cara de saber que está literalmente por encima de su marido en
todos los sentidos y que además va a salir monísima en ese cuadro tan caro que
les está pintando ese pintor tan famoso.
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| Mrs. Billington as Saint Cecilia, George Romney (1787-88, Museum of Fine Arts of Boston) |
Aunque se ha destacado su aspecto cómodo y ligero, no nos engañemos, estas señoras seguían siendo fashion victims. No llevaban ahuecadores de falda pero sí varias capas de tela para dar volumen, y la cotilla seguía ahí aplanando el pecho y creando una silueta de triángulo invertido que no pasó de moda hasta prácticamente finales del siglo XVIII.
Rousseau dijo en Emilio o de la educación que «la ropa más
sencilla, más cómoda, la que menos oprima, es siempre la mejor», pero no había
contado con que la reina estaría dispuesta a seguir hasta el final las sabias
palabras de la cantante María Isabel: «antes muerta que sencilla». Pero bueno, tampoco vamos a hacerle mucho caso a un señor que estaba en contra de la educación de las niñas.
En definitiva, María Antonieta sigue siendo un símbolo porque representa una dualidad que anida en todos los corazones: por un lado, el gusto por el consumismo de cosas bonitas, por otro, la urgencia de correr hacia los bosques para no volver nunca más. La reina que perdió la cabeza nos inspira esa necesidad de desprendernos de lo material, de soñar despiertos con un mundo más sencillo y placentero ante la realidad asfixiante que nos rodea, por eso nos identificamos con ella cuando no estamos pensando en comernos a los ricos. El problema es que el común de los mortales no tenemos un palacio al que volver cuando las cosas salen mal. Aunque también es verdad que a ella no le sirvió de mucho.














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