08 junio 2022

Presentación

 

He venido aquí a hablar de indumentaria (las ropitas™), pero eso no es todo lo que pienso verter en este blog. La muertología (ciencia que inventé en tuiter punto com) incluye todas las manifestaciones materiales e inmateriales dejadas por la gente que hoy está muerta pero que un día estuvo muy viva y que podemos estudiar aplicando la microhistoria de andar por casa. Básicamente consiste en plantearse «la gente de antes es igual que la de ahora», dejarse de mitos nacionalistas y partir desde ahí.

Cuando empecé a preparar el tema «3.43. Vestir en España de los siglos XVI al XIX» de la oposición, me di cuenta de que  hay algo que se interpone entre la ropa y una misma. Al final, un cuerpo es carne viva, suda y emana fluidos, se mueve constantemente y cambia con el paso del tiempo. Provoca roces y tensiones difíciles de resistir; da soporte a las emociones más intensas y sufre el desgaste del paso de los días. Una cree que lo domina, que lo controla, pero es solo una fantasía creada para hacer la existencia más soportable.

Un día la cremallera de un vaquero cierra a la perfección; cuatro meses después no hay manera de subirla o sobra medio metro de tela sin que se sepa qué ha ocurrido. Aparece un lunar de silueta extraña, ciertos cabellos caen y el siguiente pelo que sale del folículo resulta ser blanco, una articulación se flexiona y la recorre un dolor nuevo y terrible. Se habita un cuerpo perfectamente desconocido.

Esta es la única piel que realmente nos pertenece porque nacemos y morimos en ella, sin poder escapar a la estrechez de sus límites, a la tiranía de sus contornos. Pero hay una segunda capa de tejido siempre blanda y suave, a menudo de un blanco inmaculado, que es la primera cuna que nos envuelve al nacer y nos acompaña toda nuestra vida hasta el final, cuando el pañal se convierte en sudario.

El ser humano ideó hace mucho tiempo la manera de poner distancia entre la ropa y ese pellejo propio que nunca se sabe por dónde va a salir. Camisas y calzones más o menos largos, ajustados o sueltos, decorados o sobrios han cumplido una labor sufrida y silenciosa de mérito poco reconocido. La ropa interior ha proporcionado abrigo o refresco, protegió la piel del roce, cuidó los tejidos de las inclemencias del cuerpo y también dio forma a la envoltura pública con la que finalmente nos presentamos al mundo.

Se ha hablado mucho de la indumentaria como una segunda piel, especialmente en términos de comodidad, pero también por las implicaciones que tiene su capacidad de enmascarar el cuerpo, deformarlo y cambiarlo tanto que se vuelva irreconocible. El tejido te envuelve y adorna, dice cosas de ti sin que tengas que pronunciar una palabra y, por su cercanía, se convierte en depositario de aspiraciones y confesor portátil; toda una divinidad personal, un genio familiar o una amistad tan íntima como frágil.

Pero es la tercera piel es aquella que nos moldea y define en sociedad. La elegimos porque nos gusta, nos sienta bien o simplemente porque nos corresponde a nuestra edad, género y clase social. A veces la tercera piel es toda una declaración de intenciones y otras está pensada para hacernos desaparecer entre la multitud. La ropa que mostramos al mundo está tan cargada de matices como la propia identidad de cada persona, a pesar de que no siempre es elegida con auténtica libertad y creatividad.

Este blog está dedicado a las intersecciones que se generan entre esas capas que nos envuelven y que tantas cosas cuentan cuando se les presta atención. 


A Lady on Her Day Bed, François Boucher (1743, Frick Collection)





 

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