He venido
aquí a hablar de indumentaria (las ropitas™), pero eso no es todo lo que
pienso verter en este blog. La muertología (ciencia
que inventé en tuiter punto com) incluye todas las manifestaciones
materiales e inmateriales dejadas por la gente que hoy está muerta pero que un
día estuvo muy viva y que podemos estudiar aplicando la microhistoria de andar
por casa. Básicamente consiste en plantearse «la gente de antes es igual que la
de ahora», dejarse de mitos nacionalistas y partir desde ahí.
Cuando
empecé a preparar el tema «3.43. Vestir en España de los siglos XVI al XIX» de
la oposición, me di cuenta de que hay algo que se interpone entre la ropa
y una misma. Al final, un cuerpo es carne viva, suda y emana fluidos, se mueve
constantemente y cambia con el paso del tiempo. Provoca roces y tensiones difíciles
de resistir; da soporte a las emociones más intensas y sufre el desgaste del
paso de los días. Una cree que lo domina, que lo controla, pero es solo una
fantasía creada para hacer la existencia más soportable.
Un día la
cremallera de un vaquero cierra a la perfección; cuatro meses después no hay
manera de subirla o sobra medio metro de tela sin que se sepa qué ha ocurrido.
Aparece un lunar de silueta extraña, ciertos cabellos caen y el siguiente pelo
que sale del folículo resulta ser blanco, una articulación se flexiona y la
recorre un dolor nuevo y terrible. Se habita un cuerpo perfectamente
desconocido.
Esta es la
única piel que realmente nos pertenece porque nacemos y morimos en ella, sin
poder escapar a la estrechez de sus límites, a la tiranía de sus contornos.
Pero hay una segunda capa de tejido siempre blanda y suave, a menudo de un
blanco inmaculado, que es la primera cuna que nos envuelve al nacer y nos
acompaña toda nuestra vida hasta el final, cuando el pañal se convierte en
sudario.
El ser humano
ideó hace mucho tiempo la manera de poner distancia entre la ropa y ese pellejo
propio que nunca se sabe por dónde va a salir. Camisas y calzones más o
menos largos, ajustados o sueltos, decorados o sobrios han cumplido una labor
sufrida y silenciosa de mérito poco reconocido. La ropa interior ha
proporcionado abrigo o refresco, protegió la piel del roce, cuidó los tejidos
de las inclemencias del cuerpo y también dio forma a la envoltura pública con
la que finalmente nos presentamos al mundo.
Se ha hablado
mucho de la indumentaria como una segunda piel, especialmente en
términos de comodidad, pero también por las implicaciones que tiene su
capacidad de enmascarar el cuerpo, deformarlo y cambiarlo tanto que se vuelva
irreconocible. El tejido te envuelve y adorna, dice cosas de ti sin que tengas
que pronunciar una palabra y, por su cercanía, se convierte en depositario de
aspiraciones y confesor portátil; toda una divinidad personal, un genio
familiar o una amistad tan íntima como frágil.
Pero es
la tercera piel es aquella que nos moldea y define en
sociedad. La elegimos porque nos gusta, nos sienta bien o simplemente porque
nos corresponde a nuestra edad, género y clase social. A veces la tercera piel
es toda una declaración de intenciones y otras está pensada para hacernos
desaparecer entre la multitud. La ropa que mostramos al mundo está tan cargada
de matices como la propia identidad de cada persona, a pesar de que no siempre
es elegida con auténtica libertad y creatividad.
Este blog
está dedicado a las intersecciones que se generan entre esas capas que nos
envuelven y que tantas cosas cuentan cuando se les presta atención.
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